Primer viaje en Hércules y vuelo sobre el Mar Argentino.
Viernes 24 de octubre de 2025 Edición del día
Foto ventana del Hércules | EMV
“Roller coaster”: esa es la metáfora para definir un viaje en Hércules, aunque de baja intensidad. Sube, baja, se sacude. Tiene mucho ruido y ciertamente no es lo más cómodo –en pos de generosidad-.
Una de esas seis ventanillas redondas se encontraba frente a mí. Si bien poco se veía, por el ángulo hacia ella, por la suciedad que tenía, por la incidencia de los rayos, etc., buena luz entraba; la suficiente para poder leer a Wilbur Smith.
Me gusta la aventura. A sabiendas que disfruté con Costa Ardiente, Voraz como el Mar era el indicado para este momento. Si vais a la Antártida, nada mejor que un libro que hable sobre ella, donde un transatlántico se encuentra atrapado en el continente blanco. Y si, ha adivinado bien, una película para la tierra blanca: La cosa. Aunque Titanic, Amundsen, son de muy buena compañía.
Entre lo trágico y lo aventurero, hacen de la experiencia más completa.
Unas luces rojas en el techo indicaban que el avión se encontraba maniobrando en busca de cielos más altos. Cuando los había alcanzado cambiaban a verde y era indicativo que se podía acomodar un poco mejor.
No había pasado gran tiempo desde nuestro despegue cuando, quienes frente a mí comenzó la charla. De los bolsos de mano que se encontraban encima de nosotros sacaron un termo, un mate, y en poco espacio una ronda tenía lugar. Adentro aún era intenso el color rojo anaranjado que compañía gran parte de algunos accesorios del avión.
Con la ronda comenzó la charla. Una conversación con muchas peculiaridades: con señas, y alternados gestos. Piense usted que ni con gritos lograría que le escuchen en un avión despresurizado y con motores de esa calaña. Apenas los propios pensamientos eran audibles y alguna pieza musical o película con auriculares a máximo volumen.
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Nuestras orejas se veían decoradas con tapones de diversos colores. Y como si no fuera esto suficiente, los auriculares arriba para hacer una doble cobertura del sonido exterior. Por supuesto casi ninguno emitía sonido, solo actuaban de aislante.
Lenta y levemente comenzamos a conocernos entre compañeros de viajes. “Biólogo” dijo uno cuando le preguntaban a que se dedicaba.
Mientras el mate se cebaba, una mochila se abrió y de allí unas gomitas dulces fueron ofrecidas a la pregunta de “¿Quieren?”. Debo admitir que quien porta gomitas, y un libro en un viaje, merece toda mi amistad. En el paquete solo había 10 unidades. Aun así no dudó en repartirlas entre quienes nos encontrábamos en la “ronda”. Su nombre: Vane. Profesión: Bióloga.
El Hércules cuenta con poco espacio, pese al mucho que tiene, entre las personas. Es requerido sobre todo en la parte más delantera de pasajeros que unas piernas se alternen con otras para ir más cómodos. Alguno acuerdos también son necesarios entre vecinos enfrentados para poder dormir un poco (tus piernas al costado de las mías y viceversa).
La lectura es todo un arte de torsión corporal para captar ese rayo que entra rebota, vuelve a rebotar y va perdiendo intensidad hasta llegar a las amarillentas hojas de lectura descansada.
No hay posibilidad de levantarse, y donde ha de terminar tu hombro comienza el de tu par. Casi como un viaje en subte en la línea B sentados (pero no acolchonados).
Dichoso y prodigio quien cuenta con la ventana en frente o detrás suyo.
Luego de cinco horas de viaje, y habiendo seguido la trayectoria por cálculo de velocidad con un mapa en el móvil, logramos divisar que el avión giraba levemente a la derecha para adentrarse en continente.
Entre una especie de maroma que colgaba de la bodega, y la incidencia de los rayos que entraban por la ventana, se podía predecir si el avión subía o bajaba, y si giraba en alguna dirección.
El aterrizaje en Rio Gallegos fue a la inversa del ascenso: había que sujetarse del lado de la cola para evitar que la fuerza del aterrizaje ejercida sobre nuestros cuerpos nos llevara hacia el lado de la cabina.
De pronto encaramos para el suelo, y tras unos segundos inclinados un fuerte movimiento marcó el contacto del avión con la pista.
La tierra patagónica nos recibió con frío y viento, más del que habíamos imaginado para nuestros ropajes y para el cálido clima metropolitano que nos había dado la despedida. Era tan solo una parada momentánea, aunque debido a las dificultades climáticas que maneja el continente blanco, pudiera haber sido una parada de minutos como de largos días también.
“Acomódense en las habitaciones con sus bolsos” nos dijeron luego de recibirnos en la Central de Pasajeros. Un camión había de cargar lo esencial hacia la Gamela -dormitorios- y lo demás quedaría preparado para el embarque en el Hércules antártico del otro día.
Los aviones que aterrizan en la Antártida han de tener diferencias técnicas para lograr moverse en las condiciones que frecuenta el continente.
Las cinco horas de viaje no habían sido gratis para la higiene corporal. Menos contando que habíamos salido con cercanos 30°; un sauna…
La prioridad en la Gamela era acontecer una ducha lo antes posible. El hecho de que los dormitorios no hayan estado ocupados en la cercanía de los tiempos a los que habíamos arribado hacía que el agua no se aproxime ni a la palabra tibia en un lugar donde la temperatura no había subido los 12°. Fría, y como fuese, a dormir y a la Antártida habría de llegar limpio -prioridades son prioridades-.
Una comida caliente a la noche con charlas y risas de fondo, y en la prontitud de los tiempos fuimos a descansar. A las 8 am debíamos amanecer para desayunar y aguardar el aviso de partida.
Algunos se habían quedado mirando la tv, charlando, o compartiendo unos mates de noche. Los demás ya nos encontrábamos en nuestras camas y en el silencio de la oscuridad.
¡Toda una aventura nos esperaría al día siguiente!
Encuentre la serie completa: Sumario de crónicas: 75 días en la Antártida
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Querido lector/a: ¿Va usted disfrutando todo lo previo a la llegada? El calor adentro del avión no lo envidio ni anelo, si sus movimientos constantes y revoltosos. La semana próxima estaremos arribando con nustrea Crónica a Base Frei -puede usted ir buscando sobre ella si apetece-.
No se olvide de escribirnos: [email protected] . Bon voyage.
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Emiliano Martínez Viademonte
Profesor | Pasante Museo Argentino de Ciencias Naturales | Est. Lic. en Ciencias Biológicas, Exactas - UBA






