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Red Internacional

7 de septiembre.A 200 años: ¿cómo fue la independencia de Brasil?

Tiempo estimado 9:10 min


El 7 de septiembre se conmemora en Brasil la declaración de su independencia. El recordatorio viene adquiriendo en el último tiempo significados, como suele decirse, de uso según la ocasión.

Miércoles 7 de septiembre | 00:00

"Grito de Ipiranga", obra de Pedro Américo, 1888.

Si en 2021 fue el día elegido por Bolsonaro para revalidarse como proyecto reaccionario y bonapartista, en esta oportunidad, que se cumplen 200 años, como si se recordara una gesta patriótica contra el “yugo colonial”, el actual presidente refuerza la narrativa militar, nacionalista y monárquica teniendo en mira las próximas elecciones presidenciales.

De colonia a reino

La independencia del Brasil de la metrópoli portuguesa fue proclamada el 7 de septiembre de 1822 por Don Pedro, hijo del rey João VI de Braganza, quien había llegado junto a su familia y la corte (se calculan 15.000 nobles) a las costas brasileñas en 1808, huyendo de los ejércitos napoleónicos que avanzaban sobre Europa, estableciéndose unos meses después en Río de Janeiro convertida en capital.

A poco de su arribo, João anuló la exclusividad del comercio con la metrópoli lusitana, habilitando lo que llamó “naciones amigas”. A lo largo de 1808 Brasil e Inglaterra cuadruplicaron su comercio, y por si fuera poco, casi un año después se firmó el Tratado Anglo-Brasileño (1810) que imponía aranceles más elevados a la importación portuguesa. Estos datos anticipan lo que será una fuente de conflictos futuros, al consolidar ventajas materiales y simbólicas para la elite agraria de Brasil en detrimento de la “madre patria”.

Hacia 1814-1815 el Congreso de Viena cambió el escenario internacional y sentó las bases para el regreso de los proyectos monárquicos. En ese marco, en diciembre de 1815 como forma de superar las tensiones restauradoras, João proclamó que Brasil dejaba de ser colonia para integrarse como Reino Unido a Portugal y Algarve, privando a la elite de la metrópoli de antiguos privilegios y reforzando la de aquellos establecidos en Brasil, transformados en grandes propietarios y comerciantes. Al mismo tiempo resolvía, a su manera, la amenaza de fragmentación y la instauración de gobiernos de corte republicano como ocurría en los territorios americanos. No eran especulaciones de un monarca en decadencia. La “Inconfidência Mineira” (1789) que pretendió establecer la independencia de Minas Gerais contra del Reino de Portugal o luego, la llamada Revolución de Pernambuco (1817) sintetizaron factores explosivos de inestabilidad. La insurrección levantó el reclamo de la elite pernambucana por el tratamiento desigual que recibían, además de las altas cargas y contribuciones que debían afrontar. El gobierno provisorio que se constituyó en esa ciudad, y sobrevivió casi tres meses, defendió la República y la igualdad de derechos, sin afectar la esclavitud, y la tolerancia religiosa. A modo de escarmiento, y en términos nada pacíficos, fue derrotado por las tropas reales.

La alarma llega de Oporto

Las decisiones regias no fueron bien recibidas en la metrópoli lusa donde las elites enfrentaban el descontento de una situación social crítica, solicitando al rey alguna señal que devolviera a Portugal la jerarquía perdida. Ese gesto no era más ni menos que el retorno de la corona. Así, en 1820 se produce la llamada Revolución liberal de Oporto exigiendo el regreso de João VI a Portugal y una nueva constitución que limitara los poderes absolutistas del rey. El levantamiento estaba atravesado por dos tendencias favorables a la vuelta de la familia real: los liberales, quienes abogaban por la instalación de Cortes para discutir una constitución, y otra más proclive a restablecer la soberanía nacional bajo el antiguo liderazgo monárquico.

En Brasil, la Revolución liberal provocó una profunda crisis dando lugar, esquemáticamente, a dos reagrupamientos: el Partido portugués que defendía la vuelta del rey, integrado por militares de alto cargo, sectores de la burocracia y comerciantes que abogaban por restablecer el pacto colonial original y el Partido brasileño de grandes propietarios rurales, financistas, exportadores y también militares, vinculados al mercado inglés, que oriundos de la colonia disfrutaban de la nueva situación comercial y política, divididos en dos tendencias: los moderados, hegemónicos, no buscaban la ruptura con Portugal sino mantener, incluso con la monarquía, los privilegios conquistados desde 1808, y los más radicales (detrás de Goncalves Ledo) delineaban la posibilidad de un gobierno independiente y republicano.

En 1821 João notificado de los decretos que desde Lisboa determinaban su regreso, hacia finales de abril de ese año, vuelve a Portugal dejando a su hijo a cargo “del gobierno general y la entera administración de todo el reino de Brasil”. Sin embargo, las presiones recolonizadoras no terminarían allí, fueron por más. Cuando las Cortes portuguesas establecen Juntas Provisorias a cargo de la administración de Brasil y deciden convertir a las provincias brasileñas en provincias ultramarinas, enviando tropas a la capital carioca, se inicia un nuevo momento en la confrontación.

Independencia monárquica

La noticia había obtenido un relativo respaldo en la región norte del Reino de Brasil como en Pará y Bahía pero un amplio rechazo en otras, como San Pablo, la por entonces populosa Minas Gerais y Rio Janeiro que encabezaron actos (formaron el Club de la Resistencia), obteniendo a comienzos de 1822 la promesa de Don Pedro de su permanencia en Brasil, el conocido “Eu fico” (“Me quedo”). Al igual que en la América española, el proceso se fue radicalizando frente a la intransigencia de la metrópoli. Ante las imparables medidas de las Cortes en su ofensiva sobre Brasil, Don Pedro intentó negociarlas, estableciendo como condición para implementarlas su previo consentimiento (el famoso “Cúmplase”). No alcanzó.

Agravada la coyuntura política por efecto del movimiento constitucionalista lusitano (1820), sabiendo que Don Pedro contaba con el respaldo militar, los sectores de la élite brasileña presionaron por la declaración de la independencia bajo la promesa de continuidad de su mandato. Era la alternativa que evitaría la “anarquía” y caer en la “guerra civil”, como ocurría en la desmembrada América, sin mencionar el temor que provocaba aún el efecto de la revolución haitiana.

La independencia fue declarada en el transcurso de un viaje a San Pablo, al recibir noticias de que Portugal estaba decidido a terminar con la autonomía de Brasil y su casi destitución en el cargo. La declaración se recuerda como “El Grito de Ipiranga”, realizada a orillas de aquel río bajo la consigna: “¡Llegó la hora!… ¡Independencia o Muerte! … Estamos separados de Portugal! A su regreso a la capital, el príncipe fue proclamado emperador. Es decir, en el mismo momento en que se declara independiente del yugo portugués, Brasil se convierte en Imperio.

Se crea la bandera con el verde de los Braganza y el amarillo de los Habsburgo y la corona al centro (hoy reemplazada por la bóveda celeste), y formaliza una nobleza local con títulos baronales de nombres guaraníes o tupí. La independencia como escriben las historiadoras Lilia Schwarcz y Heloisa Starling (Brasil: Una biografía), constituyó una emancipación singular en el elenco de las independencias americanas que habían gestado repúblicas y no monarquías. Lo cierto es que la emancipación llegó sin cambios radicales. Para los meses siguientes explican, lejos de ser una diversión pasajera, las fiestas de la independencia tenían el don de convertirse en rituales políticos dirigidos al pueblo, que así reconocía la separación entre Portugal y Brasil. El ritual daba visibilidad al soberano y establecía vínculos entre la comunidad y la nueva realidad política. Era hora de volver “memorable” la fecha de reconocer el poder instituido y la figura de don Pedro, ahora transformado en el principal protagonista.

Actual bandera de Brasil y la adoptada por el Imperio en 1822.

La historia no sigue un plan determinado acorde a una serie de hechos perfilados que anticipan un destino, por tanto la extrañeza del régimen político que declaró la independencia brasileña lo es solo en términos relativos. La “regresión tiránica”, al decir de Chico de Oliveira, que la caracterizó, en medio de la turbulencia de sus vecinos, dio lugar a un régimen caduco, elitista y racista sostenido en la administración militar y burocrática. No atentó contra el dominio señorial ni se alteró la violencia extrema ejercida contra los negros hasta avanzado el siglo XIX, pero aseguró las bases que caracterizarán a la futura formación económica y política brasileña en América Latina: el trabajo esclavo, latifundio, producción dirigida por los señores de la tierra con su clientela, una incipiente burguesía urbana y de trabajadores libres, tanto en las ciudades como en los campos.





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