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9 de marzo de 2026 Twitter Faceboock

Análisis
Elecciones en Colombia: el Pacto Histórico crece y el uribismo vuelve al centro de la escena política
Milton D’León | Caracas / @MiltonDLeon

Las elecciones legislativas y las consultas internas realizadas este 8 de marzo en Colombia expresan una polarización creciente entre el Pacto Histórico y una derecha uribista en recomposición. Además de definir la composición del Senado, este resultado es la antesala de las presidenciales del 31 de mayo, que probablemente se resolverá en segunda vuelta y tendrá implicaciones en los equilibrios regionales, donde el trumpismo suma fuerzas con la derecha continental.

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Estos comicios funcionaron como un verdadero test político anticipado de cara a las presidenciales. Más que una simple renovación del Senado, los resultados reordenan el tablero político nacional y anticipan una elección presidencial marcada por la polarización entre el Pacto Histórico (la coalición que encabeza el presidente Gustavo Petro) y una derecha uribista que se recompone luego del gobierno de Iván Duque y tras años de declive. Los resultados de las legislativas y las consultas internas exponen la radiografía de una crisis orgánica que aún no logra clausurarse.

El Pacto Histórico avanza en el Senado mientras el uribismo se reorganiza rumbo a las presidenciales

El dato político más relevante es el avance del Pacto Histórico en el Senado, que logra aumentar su número de curules respecto a las elecciones de 2022, alcanzando 26 escaños. Este resultado fortalece al oficialismo, pero con límites claros: no obtiene mayoría relativa en el Senado, lo que anticipa que cualquier eventual nuevo gobierno seguirá enfrentando una correlación parlamentaria compleja. También desmiente, al menos parcialmente, la narrativa que en los últimos meses intentaba instalar la derecha: la idea de que el gobierno de Gustavo Petro atravesaba un desgaste político acelerado.

Aunque Petro no será candidato presidencial, el crecimiento parlamentario muestra que la base social que lo llevó al poder sigue teniendo peso político, incluso en un contexto marcado por crisis sociales, tensiones con el Congreso y los límites del propio proyecto gubernamental. Pero este resultado no puede leerse como un simple respaldo al gobierno. Es, más bien, un voto de amplios sectores que, ante la falta de una alternativa que exprese sus demandas más sentidas, siguen viendo en el Pacto un dique de contención frente a la restauración conservadora más dura del uribismo, una suerte de mal menor. Es que el Pacto Histórico ha priorizado la "paz total" con las élites sobre las demandas estructurales de los de abajo.

El crecimiento del Pacto Histórico fortalece la candidatura de Iván Cepeda, que no participó en la consulta interna de este domingo, pero será el candidato presidencial de este bloque político, quien lleva en su fórmula a Aida Marina Quilcué, lideresa social indígena y senadora por la circunscripción especial indígena por el partido MAIS. Cepeda es una figura reconocida como defensor de los derechos humanos y denunciante del paramilitarismo, con un perfil institucional y menos confrontativo que el de Petro, lo que podría buscar ampliar el espectro electoral del Pacto. Esto refuerza las pretensiones de un proyecto político que, desde el gobierno, ha venido conciliando con sectores empresariales y el establishment histórico del país.

Si el Pacto Histórico fue uno de los ganadores de la jornada, el otro actor que emerge fortalecido es la derecha uribista, con el partido Centro Democrático que pasó de 13 curules a 17, fortaleciéndose como segunda fuerza. En los últimos años, el bloque político construido alrededor del expresidente Álvaro Uribe había sufrido una pérdida de centralidad. Las grandes protestas sociales entre 2019 y 2021, el desgaste de los gobiernos de derecha y la victoria electoral de Petro en 2022 parecían haber debilitado estructuralmente al uribismo.

Este sector, que hace unos meses tambaleaba por los escándalos judiciales y la falta de una figura clara tras el declive de Uribe, ha encontrado en Paloma Valencia la emergencia de una nueva ficha de la ultraderecha. Representa una línea claramente conservadora y de orden, con fuerte base en sectores empresariales y en la política tradicional. Con un discurso que intenta maquillar su profundo contenido reaccionario con términos como "economía fraterna" o "Colombia incluyente", logró movilizar a más de 3 millones de personas en su consulta, demostrando que el uribismo reconstituye su musculatura política.

Su ascenso es significativo: con estas elecciones, la derecha recupera terreno parlamentario y vuelve a consolidarse como segunda fuerza, preparándose para disputar con fuerza la presidencia. Uribe, que se lanzó como candidato a sabiendas de que no obtendría una curul, logró mantener su nombre en el espectro político nacional y se convertirá en el gran elector y estratega de la campaña de Paloma Valencia, operando como una sombra que buscará guiar a su nueva discípula hacia la Casa de Nariño, como ya hizo con Iván Duque.

Otros sectores tradicionales de la derecha, como el histórico Partido Liberal, se consolidan como la tercera fuerza política del Senado. Con unos 2,2 millones de votos, podrían alcanzar 13 curules, las mismas que obtuvo en el período pasado. Esa cifra le permite mantener el lugar que ha ocupado en los últimos años en el mapa político del Congreso. El otro sector tradicional, el Partido Conservador, aparece como la cuarta fuerza, con 1,8 millones de votos y una proyección de unas 10 curules. Cabe recordar que estos dos partidos han jugado históricamente un papel clave para dar base parlamentaria a los gobiernos de turno.

El gran derrotado de estas elecciones es el espectro del llamado centro político. Las fuerzas que intentaban ubicarse entre el gobierno de Petro y la derecha uribista obtuvieron votaciones débiles, perdieron peso en el Senado y quedaron prácticamente fuera de la pelea presidencial. Claudia López, la exalcaldesa, no logró igualar la votación que obtuvo en las elecciones para la alcaldía de Bogotá en 2019. Tampoco Sergio Fajardo, que no perfilaba en las encuestas y quedó relegado. El centro no suma, y sus votantes se dividirán en mayo entre el voto útil al Pacto para frenar a la derecha, o el voto directo a la ultraderecha para "castigar" al gobierno.

En este contexto, las elecciones presidenciales del 31 de mayo se encaminan a una disputa polarizada entre el Pacto Histórico y el uribismo, entre Iván Cepeda y Paloma Valencia, con pocas chances de que la elección se resuelva en primera vuelta. El crecimiento legislativo del Pacto Histórico le da impulso a la candidatura de Cepeda, pero para ganar en primera vuelta necesitaría más de 10 millones de votos si participan los mismos 20,8 millones que votaron este domingo por el Senado. Por su parte, el reposicionamiento del uribismo con Paloma Valencia garantiza una creciente polarización, pero tiene en contra que la derecha está dividida en esta primera vuelta, lo que también debilita a la candidata de Uribe. En ese marco, la segunda vuelta aparece como el escenario más probable, donde se definirá el rumbo político del país.

El otro gran dato de la jornada, y quizás el más elocuente, fue la abstención. A pesar de la importancia de los comicios, más de la mitad del censo electoral (aproximadamente un 52 %) no acudió a votar. Otro dato relevante tiene que ver con la consulta interna: en 2022, cerca de 11 millones de personas participaron en alguna consulta, lo que equivalía a alrededor del 67 % de quienes votaron ese día. En estos comicios, solo el 41 % de los votantes pidieron el tarjetón de consulta, es decir, 8,3 millones de personas. Eso representó un 20 % del censo electoral, 11 % menos que en 2022. Pero lo que pesó aquí fue, en gran parte, el llamado de Petro a no votar en las consultas para fortalecer a Cepeda. De hecho, el 60 % de los votantes del Pacto Histórico no participaron en las consultas.

Las elecciones en Colombia y los equilibrios regionales en América Latina

Estas elecciones no son importantes solo para Colombia. Su resultado también se inscribe en un contexto regional marcado por el avance de fuerzas de derecha en varios países de América Latina. Un eventual triunfo del uribismo podría reforzar esa tendencia y sumar a Colombia al bloque de gobiernos alineados con la nueva ofensiva reaccionaria en el continente, en sintonía con sectores que buscan fortalecer una agenda de seguridad, ajuste económico y mayor alineamiento con Washington.

Trump acaba de reunir en Miami a 12 líderes latinoamericanos, donde anunció la creación de una nueva "coalición militar" con el supuesto objetivo de combatir a los carteles del narcotráfico en la región, un encuentro que la Casa Blanca denominó “Cumbre del Escudo de las Américas”. Allí se alinearon los presidentes de Paraguay, Santiago Peña; Costa Rica, Rodrigo Chaves; El Salvador, Nayib Bukele; República Dominicana, Luis Abinader; Ecuador, Daniel Noboa; la primera ministra de Trinidad y Tobago, Kamla Persad-Bissessar; Guyana, Irfaan Ali; Bolivia, Rodrigo Paz; Argentina, Javier Milei; Honduras, Nasry Asfura; Panamá, José Raúl Mulino; y el presidente electo de Chile, José Antonio Kast. Solo estuvieron ausentes México, Colombia y Brasil.

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En este escenario internacional marcado por la influencia de la política exterior de Donald Trump y su control hemisférico, Colombia podría convertirse en otro socio clave dentro del "Escudo" que impulsa el mandatario estadounidense ante una eventual victoria de Paloma Valencia. La candidata de Uribe se perfila como pieza clave para sumarse al eje trumpista que avanza en la región, significaría un nuevo socio para el bloque reaccionario continental, profundizando la dinámica de "efecto dominó" que la derecha global pretende imponer.

La necesidad de una alternativa independiente de los de abajo

El gobierno de Petro despertó enormes expectativas entre sectores populares, trabajadores, juventud, campesinos, que protagonizaron las grandes movilizaciones de los últimos años, sobre todo juveniles. Pero su política de tibias reformas graduales y de negociación permanente con sectores del establishment ha generado tensiones con esas mismas bases sociales, que esperaban cambios más profundos. A pesar de su base social y del apoyo que aún conserva, el gobierno de Petro no se mostró dispuesto a romper con las estructuras económicas y políticas del régimen, todo lo contrario.

Las elecciones del 8 de marzo muestran que el escenario colombiano sigue abierto, pero también evidencian que las demandas sociales que sacudieron al país en los últimos años siguen vigentes y buscan una salida política que vaya más allá de los estrechos márgenes del régimen existente. La clase trabajadora, la juventud, los campesinos y el pueblo pobre no pueden atarse ni al carro del "mal menor" del Pacto Histórico ni, mucho menos, entregarse a la derecha uribista. El desafío sigue siendo la construcción de una alternativa política propia de los trabajadores, la juventud y los movimientos populares, capaz de enfrentar tanto al bloque conservador como al reformismo institucional.

 
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