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Trotsky, la URSS y la teoría marxista del Estado

Claudia Cinatti

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Ilustración: @059jorge

Trotsky, la URSS y la teoría marxista del Estado

Claudia Cinatti

Ideas de Izquierda

El sitio web de la revista Jacobin (en su edición latinoamericana) publicó hace unas semanas un texto de Antoine Artous de hace ya varios años que lleva por título “Trotsky y el análisis de la URSS”. Varios de sus argumentos ya habían sido expuestos en Marx, L’Etat et la politique, la tesis doctoral del autor publicada en 1999, con los que hemos polemizado en artículos anteriores [1].

El hecho de que no se trate de discusiones nuevas no quiere decir que no tengan actualidad ni que puedan ser revisitadas a la luz de problemas actuales. A decir verdad, los debates sobre la Revolución de Octubre, sobre las razones de la estalinización de la URSS –y sobre todo si se podría haber evitado y cómo– no tienen fecha de caducidad porque su temporalidad une las lecciones del pasado con las opciones estratégicas hacia el futuro.

La recopilación exhaustiva que realizó Marcel van der Linden sobre las teorías y semiteorías que proliferaron hasta casi fines del siglo XX sobre la Unión Soviética da una dimensión de la centralidad de la experiencia rusa y del trauma del estalinismo para el desarrollo de las perspectivas de la revolución y la tradición marxista. El enfoque de M. van der Linden consiste en medir las diversas formulaciones teóricas en función de su adecuación con la “ortodoxia” marxista y con ese criterio rechaza el capitalismo de Estado, el colectivismo burocrático pero también la teoría de Trotsky del Estado obrero degenerado, que sin mucho fundamento considera que es en parte “anti ortodoxa” y en parte “ilógica” [2].

En este sentido, la originalidad de Artous está en abordar las definiciones de Trotsky –y también las de Lenin– en términos de ruptura con la “ortodoxia” marxista, lo que permite poner de manifiesto la necesaria creatividad en la teoría y la estrategia revolucionaria para los problemas nuevos que plantea la lucha de clases en su sentido político, que nada tiene que ver con la repetición hueca de la letra. Aunque, como veremos luego, su lógica al abordar la discusión sobre la Unión Soviética, es contraponer las “innovaciones” de Trotsky (algunos momentos de La revolución traicionada) con supuestas “recaídas” en el dogmatismo (En defensa del marxismo) sobre todo a lo que hace al contenido de clase del Estado soviético.

Desde el punto de vista metodológico, Artous emprende una lectura “sintomática” (en el sentido althusseriano del término) de las elaboraciones de Trotsky sobre el análisis de la Unión Soviética estalinizada –en particular la definición del carácter de clase del Estado tras el termidor– porque en lo que percibe como sus debilidades se encuentran las pistas de lo constituye uno de los argumentos centrales de su tesis: que en Marx no hay una teoría consistente del Estado moderno (capitalista).

Artous no suscribe el cuestionamiento al marxismo como un determinismo histórico o como un economicismo ramplón. Al contrario, reconoce las elaboraciones políticas de Marx, en particular sobre el Estado y el bonapartismo en Francia, o sus estudios comparativos del Estado en Francia, Alemania e Inglaterra. Para decirlo de manera esquemática, Artous considera que hay una aproximación al problema del Estado en las obras de juventud de Marx en torno a la separación entre sociedad civil y Estado en la crítica a Hegel; y a los límites de la emancipación política con respecto a la “emancipación humana” en la polémica con Bruno Bauer sobre la cuestión judía. Pero el “olvido” por parte de Marx del prometido libro sobre el Estado en El Capital ha significado la ausencia de una teoría política que pusiera en correspondencia las relaciones de producción capitalistas con las formas jurídicas y la representación política.

Según su visión, esta carencia continuó en la tradición marxista, que en líneas generales se ha dividido entre la concepción del Estado como “sustancia transhistórica” (instrumento de dominación de clase en general) o como “derivado” superestructural de la “infraestructura” económica [3].

Para el autor, hay en cierto sentido una relación de proporciones inversas sobre todo en el marxismo clásico: por un lado el Estado ocupa un lugar cada vez más importante en la cuestión estratégica (sintetizada en la toma del poder estatal) y en las discusiones sobre la construcción del Estado soviético; pero por otro la definición teórica repite casi sin variantes la “categoría abstracta” del Estado como instrumento de la dominación de clase formulada por Engels en El origen de la propiedad privada, la familia y el Estado. En síntesis que hay una suerte de primacía de la concepción del Estado como “sustancia abstracta” (Estado de clase) en detrimento de la “relación concreta” entre soberanía y dependencia, que remitiría a la condición del trabajador asalariado bajo el despotismo de fábrica característico del capitalismo –igualdad formal en la esfera jurídica y el mercado, jerarquía y despotismo en el proceso productivo–.

Según Artous, esta línea de falla teórica en Marx no solo ha tenido como consecuencia un cierto olvido de la “emancipación política” (ciudadana), sino que ha dejado sin resolver grandes cuestiones, como la autonomía (relativa) del Estado y la esfera de la política y la definición de la burocracia [4]. Y este es el punto de convergencia entre la –para él– (falta) de teoría de Estado en Marx y la definición a su juicio equivocada que hace Trotsky de la Unión Soviética estalinizada como “Estado obrero degenerado”.

Despotismo de fábrica y despotismo burocrático

Artous comienza reivindicando la definición profundamente dialéctica que hace Trotsky en La revolución traicionada de la Unión Soviética: una sociedad de transición, por esto mismo inestable, e intermedia entre el socialismo y el capitalismo, en la que

el Estado asume directamente y desde el comienzo un carácter dual: socialista, en la medida en que defiende la propiedad social de los medios de producción; burgués, en la medida en que la distribución de los bienes se lleva a cabo con una medida de valor capitalista y todas las consecuencias que surgen de ello.

La ventaja de esta definición dual y algebraica, que dependía de la lucha de los elementos “capitalistas” y “socialistas”, no solo al interior de la URSS sino a nivel internacional, era evitar categorías acabadas pero abstractas, entre ellas la de “socialismo” y “capitalismo de Estado”. Basándose en estas definiciones, Artous se separa sobre todo de los críticos provenientes del colectivismo burocrático como Claude Lefort, que le atribuye a Trotsky el concepto de “infraestructura socialista” y del propio Castoriadis, que le reprocha a Trotsky no respetar la “ortodoxia” marxista al separar la esfera de la producción de la distribución.

Pero para Trotsky este carácter híbrido, transitorio, no negaba la teoría marxista del Estado como órgano de clase, sino que al contrario, solo era inteligible dentro de esa determinación material: en ese sentido la Unión Soviética de los ’30 era un Estado obrero burocráticamente degenerado, lo que quería decir que más que una “dualidad” había una contradicción insostenible en el tiempo entre las bases materiales del Estado –las relaciones de producción surgidas de la revolución de octubre– y la dictadura totalitaria de la burocracia estalinista [5]. En cómo se resolviera esa contradicción en la lucha de clases nacional e internacional se jugaba su futuro.

Artous rechaza tanto la definición de Estado obrero degenerado como la explicación del origen del proceso de burocratización que para Trotsky (como también para Lenin) estaba en la combinación entre el carácter atrasado de Rusia y la derrota de los diversos episodios de la revolución alemana de 1918-23. El otro factor gravitante sin dudas es la guerra civil y sus consecuencias políticas que derivaron en la instauración del régimen de partido único.

Para Artous tanto Lenin como Trotsky en la década de 1920 le dan explicación sociológica a la burocratización –el atraso, el aislamiento, el peso campesino en la alianza de clases– pero siempre la explicación es exterior al proceso mismo de construcción del Estado obrero y de la transformación del proletariado en clase dirigente. Según Artous hay una innovación de Trotsky en La revolución traicionada, porque empieza a plantear (siguiendo tardíamente a Rakovsky [6]) que el burocratismo no se debe solo a factores externos o sociológicos, sino al carácter “burgués” de las normas de reparto y el rol de “gendarme” de la burocracia como gerenciadora de la escasez.

Y aquí está el nudo de la cuestión porque para Artous en el pensamiento político de Lenin y Trotsky ,que guían no solo sus análisis del Estado obrero sino la estrategia política, hay un segundo “olvido”: ambos dejaron de lado nada menos que el “despotismo de fábrica” que Marx postula como consecuencia directa de la separación del trabajador de sus medios de producción y de la emergencia de un “trabajador colectivo” como efecto del mando del capital. Artous sostiene que el despotismo de fábrica se continúa en la Unión Soviética (y para el caso en cualquier Estado transicional) pero bajo el mando de la burocracia, este elemento lo acerca a las teorías colectivistas –y a la inexorabilidad de la burocracia de Weber– y a la vez lo aleja de las comparaciones con el “modo de producción asiático” y más en general los despotismos precapitalistas.

Se comprende fácilmente las consecuencias programáticas y estratégicas de esta definición, ya que la burocracia en la sociedad de transición no sería una “deformación” en términos de Lenin, o la expresión de una degeneración política producto de una contrarrevolución (el termidor de Trotsky) sino que sería efecto necesario de la propiedad nacionalizada, la planificación económica y la división del trabajo manual e intelectual. En última instancia, lo que para Lenin constituía casi el primer escalón de la extinción del Estado, para Artous es la fuente del despotismo estatal y del dominio burocrático, y por esto mismo Artous termina postulando a la burocracia como una “proto clase”.

Este elemento de continuidad que Artous cree encontrar entre el despotismo de fábrica (capitalista) y el despotismo burocrático en la producción –la llamada “economía de comando”– solo funciona a nivel formal. El “mando del capital” como función directa que cohesiona la fuerza de trabajo para su explotación colectiva es una necesidad inseparable de la maximización de las ganancias, de ahí que, “la democracia se detiene en la puerta de la fábrica”. El despotismo burocrático no era una necesidad surgida de las relaciones de propiedad. La burocracia se postulaba como el “cerebro universal” y prescindía como planteaba Trotsky “del control del mercado y de la democracia soviética”, pero su carácter despótico no surgía como necesidad productiva (menos aún como efecto de la “racionalidad”) sino como gendarme policial para preservar el control del aparato del Estado de donde surgían sus privilegios y su poder.

La democracia de los productores y la extinción del Estado

En la lógica de Artous, la “politización” de las relaciones de producción, dada por la propiedad estatizada , era la vía regia para la extensión del despotismo de la esfera de la producción a la vida social de conjunto. Por eso postula un tipo de propiedad pública pero no estatal, y una suerte de “auto institución” política de lo social que tendría su correlato político en la radicalización de la democracia.

Sin embargo, el bonapartismo burocrático en la Unión Soviética fue la consecuencia de una contrarrevolución violenta y no el producto automático de la propiedad nacionalizada –aunque como plantea Trotsky la nacionalización y la centralización estatal de la producción fue una plataforma que potenció la capacidad de dominio de la burocracia–.

Por esto mismo, Trotsky planteaba la necesidad de restaurar la democracia proletaria y el pluripardismo soviético como parte del programa de una revolución política por medio de la cual la clase obrera liquidara a la burocracia, restableciera el poder de los soviets y sobre la base de la propiedad nacionalizada regenerara el carácter revolucionario del Estado obrero, lo que incluía la lucha internacional por el socialismo contra el socialismo en un solo país de Stalin.

A principios del siglo XX Lenin imaginaba en la atrasada Rusia la simplificación de las funciones estatales a cuestiones de contabilidad al alcance de cualquier ciudadano, y la reducción de la jornada laboral para liberar progresivamente a las masas de la carga del trabajo y dedicarse de esa manera a los “asuntos públicos”, en pocas palabras, el comienzo del fin del Estado como órgano de dominio de clase, algo que solo puede completarse con la victoria de la revolución en los países capitalistas más avanzados. Las circunstancias históricas –la derrota de la revolución alemana, la guerra civil, entre otras cuestiones– no permitieron que esta perspectiva se concretara.

A la luz de los avances tecnológicos del siglo XXI, la apuesta estratégica de Lenin y Trotsky por la construcción de un Estado obrero revolucionario, en realidad un “semi Estado”, basado en la planificación democrática de la economía como transición hacia la construcción del socialismo mantiene toda su vigencia como única alternativa ante la barbarie capitalista.


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NOTAS AL PIE

[1Claudia Cinatti y Emilio Albamonte, “Más allá de la democracia liberal y el totalitarismo”, Estrategia Internacional N.° 21, 2004.

[2Van der Linden dedica solo algunas páginas al estudio de la teoría de Trotsky, sin darle en realidad una mayor jerarquía comparada con otras decenas de teorías. En su conclusión señala tres críticas: la primera es el problema temporal, ya que considera que una de las claves de la definición de Trotsky es la naturaleza temporaria del fenómeno burocrático, que terminó extendiendo su sobrevida por varias décadas. El segundo aspecto es la diferencia entre la esfera de la producción y la de circulación (similar a la crítica de Castoriadis) y el tercero ligado al anterior la atribución a la burocracia de un rol parásito surgido de la distribución sin raíces en la esfera productiva, que en un sentido se relaciona con el despotismo de fábrica que plantea Artous. Marcel van der Linden, Western Marxism and the Soviet Union. A Survey of Critical Theories and Debates Since 1917, Londres, Brill, 2007, pp. 313-315.

[3En los primeros años de la década de 1970 tuvo lugar en Alemania occidental un debate en los círculos marxistas académicos que se conoció como el debate sobre la derivación del Estado. Los “derivacionistas” abordaron tanto la crítica de la teoría del capitalismo monopolista de Estado (la teoría oficial de los partidos comunistas de Europa Occidental) como la de la separación absoluta de lo político, desde un doble ángulo: el Estado como forma específica de la dominación de clase en el capitalismo; y el Estado como forma derivada de la crítica de la economía política.

[4No es el objetivo de este artículo polemizar con las elaboraciones más generales de Artous en torno a la teoría marxista del Estado. Para un análisis crítico ver: Gastón Gutiérrez y Paula Varela, “La democracia y su secreto”, Ideas de Izquierda N.° 33, septiembre 2016.

[5Esta contradicción está analizada con toda claridad por Trotsky en “El Estado obrero, Termidor y bonapartismo”, en León Trotsky, Obras, Tomo VI, Vol.1, (1ro. de Febrero de 1935), www.ceip.org, Buenos Aires, 1999.

[6Christian Rakovsky, “Los peligros profesionales del poder”, 1928.
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Claudia Cinatti

Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.