SEMANARIO

El debate sobre el socialismo en la Unión Soviética

Daniel Campione

El debate sobre el socialismo en la Unión Soviética

Daniel Campione

Ideas de Izquierda

A continuación publicamos una reseña de Daniel Campione del volumen 18 de las Obras Escogidas de León Trotsky, Escritos sobre la planificación socialista. La economía de la transición en la U.R.S.S. 1918-1936, publicado recientemente por Ediciones IPS. Este artículo apareció originalmente en Huella del Sur.

Una compilación de escritos de León Trotsky en torno a problemas económicos de la construcción socialista en la U.R.S.S ha sido publicada por Ediciones I.P.S. Una buena oportunidad de acercamiento a documentos y artículos en los que analiza el itinerario hacia el creciente predominio burocrático y represivo.

León Trotsky. Escritos sobre la planificación socialista. La economía de la transición en la U.R.S.S. 1918-1936. 1ª edición. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ediciones IPS, 2025.
440 páginas.

La compilación incluye textos sobre el tema distribuidos a lo largo de más de una década y media del itinerario soviético que trasmiten un debate apasionado en un período crítico de despliegue de los ideales socialistas. El que va desde los albores de la revolución triunfante hasta la culminación del predominio stalinista después de realizada, con métodos bárbaros, la colectivización del agro.

Lo que podría imaginarse como una temática tediosa, se despliega a modo de un agudo análisis en torno a las posibilidades y múltiples obstáculos para la transición socialista en el ámbito soviético.

En lo que respecta a la trayectoria personal del dirigente soviético, en esos años transcurren desde los inicios de su etapa de creador del ejército rojo hasta parte de su época de expatriación forzada. En términos de su biógrafo Isaac Deutscher, desde El profeta armado a El profeta desterrado. Con la estación intermedia de su recorrido por la disidencia interior, con la progresiva desposesión de sus cargos y el remate de su expulsión del partido y proscripción.

Los años de la NEP

Una porción muy atrayente del libro es la de los textos vinculados a la implementación y seguimiento de la Nueva Política Económica (NEP), iniciada en 1921. El dirigente sigue de cerca la “batalla” entre la porción socializada de la economía y aquellos ramos en los que se había permitido el resurgimiento de la propiedad burguesa y de la economía privada.

Un rasgo que viene una y otra vez a la consideración del fundador del ejército rojo es la “incultura” o la “barbarie” reinantes en la sociedad rusa anterior a la revolución. La correcta evaluación de los límites que imponía ese punto de partida era crucial para él.

Se salía desde mucho más atrás que el lugar alcanzado por las principales sociedades capitalistas. Y esto se potenciaba por el formidable retroceso que marcó la sucesión de guerras y catástrofes que se abatió sobre el espacio de la antigua Rusia zarista desde su ingreso a la guerra mundial hasta el final de la contienda civil.

En estos años, Trotsky así lo considera, la economía soviética atravesaba un insoslayable “proceso de reconstrucción”, que tenía como base todas las variables económicas en niveles muy por debajo de la economía de preguerra.

Los resabios de “barbarie” ocupaban un lugar en la decisiva relación entre la ciudad y el campo. Las que estaban signadas por el abrumador predominio agrario; las relaciones de precios en las mercancías producidas en una y en otro, los efectos de la mayor presencia del capital privado en el ámbito agrícola, entre otros factores.

Dedica extensas referencias al problema de las contradicciones ocasionadas por el estadio atrasado de la industria soviética. No desconoce que ocurren grandes avances. Sin embargo señala enormes falencias.

Insiste a menudo en el desequilibrio entre los precios de la producción urbana y la rural. Los campesinos que reciben productos industriales caros y en cantidad insuficiente. Y en respuesta se retraen a la hora de volcar su producción en el mercado, con la escasez consiguiente. Que a veces llega a extremos dramáticos.

Destaca como contracara la ventaja del carácter socializado de la mayoría de los medios de producción y de cambio. Que todo un sector de la economía pueda actuar como si fuera “una sola empresa”.

Que no existan las barreras del capitalismo, de la miríada de productores compitiendo entre sí, los obstáculos producto de las patentes y la propiedad intelectual. La transparencia con la que puede operar la difusión de las innovaciones científicas y técnicas en el proceso de producción.

En ese recorrido, Trotsky toma la oportunidad de rebatir las acusaciones que se le hacen de menosprecio al papel de los campesinos y su pretensión de aceleración en demasía del proceso industrializador. Trata de demostrar lo contrario, mientras subraya su preocupación por el rol central de la alianza obrero-campesina en la llegada a buen puerto del proceso de construcción socialista.

En la discusión que Trotsky emprende en cuanto a las posibilidades de la U.R.S.S. de alcance y aún superación de la economía de los países capitalistas más poderosos, aparecen categorías sugestivas y no tan conocidas. Tal como la del “proteccionismo socialista”, que de ser “exacto, perseverante y flexible” podía ser una ayuda vital para el acortamiento y finalmente la supresión de la brecha existente a favor de las economías capitalistas.

Vale una cita algo extensa, que condensa con suma elocuencia la visión del autor de Lecciones de Octubre sobre el sendero revolucionario a seguir en la U.R.S.S.:

La tarea en nuestro país es avanzar todo lo posible por el camino de la construcción socialista, fortaleciéndonos con una política de clase adecuada, mediante relaciones adecuadas entre la clase obrera y el campesinado. Los recursos de la Unión Soviética son enormes y hacen que esto sea completamente posible. Utilizando a este fin el mercado capitalista mundial, ligamos nuestros cálculos históricos fundamentales al futuro desarrollo de la revolución proletaria universal.

Trotsky se pronunciaba así en dirección al internacionalismo contra la tendencia al aislamiento, del supuesto “socialismo en un solo país”. Y asimismo contra la corriente que en ese momento la acompañaba, de ralentizar el camino hacia la industrialización y la renovación cultural, tomando el “paso de tortuga” que preconizaba Bujarin.

Contra el socialismo en un solo país

Entre los textos recopilados hay algunos que pueden ser calificados como brillantes. El que fue de más grata lectura para este comentarista es el titulado “El duodécimo aniversario de Octubre”, un artículo de 1929.

Allí Trotsky proporciona una síntesis tan general como breve de la problemática central que aborda en buena parte de sus escritos: La revolución en los países capitalistas más avanzados como única chance de completamiento de la construcción socialista en un país atrasado como la Unión Soviética.

Lo anterior fundamenta la crítica a las concepciones de Stalin. Además, al estar en 1929 ya incluye la repulsa del abrupto giro, carente de sustento teórico y hasta de coherencia operativa, que produjo el georgiano cuando emprendió el camino a la industrialización a marchas forzadas. Junto con la colectivización del campo a un ritmo aún más acelerado. Y todo con una modalidad burocrática, autoritaria y represiva.

El fundador del ejército rojo correlaciona su crítica a la política en el interior de la U.R.S.S. con la reciente línea ultraizquierdista de la Internacional Comunista lanzada a la supuesta revolución mundial inmediata de la mano de la teoría del “tercer período”.

Un tema que ocupa un lugar creciente, sobre todo a partir de 1928, es la crítica a lo que el autor denomina el “látigo administrativo”. Se refiere a las prácticas burocráticas y autoritarias que suplantaban la auténtica planificación, la discusión en profundidad de los objetivos y el logro de los niveles de crecimiento y tecnificación en los tiempos y los modos más adecuados.

Hace una sintética pero clara formulación de algunos requisitos para establecer y llevar adelante un verdadero plan: “No se puede elaborar un plan quinquenal con las necesarias proporciones y garantías si no es con la condición de que se discuta libremente las tasas y plazos; si todas las industrias afines y la clase obrera con sus organizaciones, principalmente el partido, no participan en dichas discusiones…”.

De allí parte la crítica firme acerca de cómo se maneja la planificación. Desde arriba, mediante burócratas temerosos de ofender a sus jefes, sin participación alguna de las masas. En esa situación falla tanto el diseño de los planes como su aplicación. Y los métodos de control necesarios para introducir correcciones.

El componente político y de participación se diluye en beneficio del mencionado “látigo administrativo”. Proliferan los objetivos fijados por razones de prestigio, ajenos a una racionalidad económica basada en las verdaderas capacidades de la economía soviética.

Otro aspecto que toma es la evaluación de la producción. Se valoriza la cantidad, sin tener en cuenta la calidad. Y la baja calidad de equipos e insumos genera a su vez un descenso cuantitativo. Los objetivos del plan quedan afectados y se intenta cumplirlos con medidas administrativas y coerciones.

La inanidad de Stalin como teórico es otro tema tocado una y otra vez. Sus cambios de posiciones sin fundamentos sólidos. Sus tergiversaciones de los procesos históricos, de las categorías teóricas y de las posturas de los opositores. Trotsky incluso señala que el líder georgiano desconocía cuestiones básicas como la acertada diferenciación entre revolución democrática y revolución socialista.

Un “socialismo” en el que padecen los trabajadores y ganan los burócratas

Son llamativos los textos en los que hace referencia a las condiciones de trabajo y de vida de la clase obrera. Capta un proceso de burocratización y una pérdida de rumbo en lo que respecta a la construcción socialista. Señala el particular deterioro de las condiciones para los sectores menos favorecidos entre los trabajadores. Lo mismo en el campo entre campesinos pobres y jornaleros.

Más de una vez, y en distintos momentos, alza la voz sobre las malas condiciones salariales de los trabajadores, la pérdida de toda autonomía por parte de los sindicatos, el vaciamiento del partido de su contenido obrero. Hace notar que el carácter de dictadura del proletariado del régimen encabezado por Stalin se encuentra seriamente en entredicho. Llega a referirse a “las insoportables condiciones de vida de los trabajadores”.

Una de las acciones del régimen, también criticada, es la de promover el trabajo a destajo y el privilegio a una minoría de trabajadores con elevadas remuneraciones obtenidas a partir de batir récords de producción.

Todo lo contrario a una política salarial democrática y consensuada. Lo vincula a la persistencia en una mirada cuantitativa que fija metas cada vez más elevadas y de más perentorio cumplimiento, sin pararse en límites ni condicionamientos insoslayables.

Otro carril interesante del análisis es el del carácter y papel de la burocracia. El estrato, que según Trotsky estranguló al partido, a los sindicatos, a los soviets y a la Internacional Comunista. Dotado de un poder destructor enorme. Y generador de un apoderamiento de ingentes recursos del Estado soviético.

Trotsky se opone a quienes la suponen una clase dominante y la presenta como un caso de parasitismo, originado en una “excrecencia del proletariado”. La U.R.S.S. seguiría siendo un Estado obrero, a despecho de las tremendas deformaciones.

Otro punto de atención es la virtual liquidación del partido, que acaba por completo con la dirección colectiva y la democracia interna. Las decisiones que debería tomar el conjunto de la militancia partidaria terminan adoptándose en el recinto cerrado del Politburó. Un puñadito de burócratas reemplaza a millones de militantes. Y procura un dominio directo sobre el conjunto de la población soviética, con arrolladores mecanismos represivos.

La condena a la represión no es de fuente moral o jurídica, sino de consideraciones prácticas vinculadas a la vida económica. “La represión puede convertirse en un método inevitable de autopreservación. Pero no sustituye la creación del vínculo necesario, no establece los fundamentos económicos de la dictadura del proletariado y ni siquiera garantiza la provisión de alimentos”, escribe.

Los efectos de la burocratización para la economía soviética y el propósito de construcción socialista son muy dañinos, constata Trotsky. La planificación es perforada en la dirección del voluntarismo; la interpretación sesgada de las estadísticas, la negativa a la participación de las masas en el diseño, implementación y mecanismos de control del plan.

En los últimos textos incluidos en la compilación se puede apreciar a Trotsky ya lanzado a la formación de la Cuarta Internacional. Incluso reflexiona sobre la factibilidad de crear un nuevo partido revolucionario en la Unión Soviética, que reemplazara al anterior, corroído de modo definitivo por el dominio burocrático.

Reconoce las grandes dificultades para hacerlo. Al dirigir la mirada al plano internacional y la posible situación de guerra, asume la posición de defensa incondicional de la U.R.S.S. E incluso plantea un “frente único” con la burocracia soviética para defender el Estado obrero.

Pese a la creciente deformación burocrática y los efectos de la adopción de la teoría del “socialismo en un solo país” el autor de Su moral y la nuestra tiene una elevada apreciación de los logros soviéticos. Ve con particular aprecio el alto crecimiento industrial. Al que considera posibilitado por la nacionalización de la tierra y de las fábricas y la existencia de la economía planificada. Adquisiciones a defender frente a cualquier pretensión de restauración capitalista.

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El conjunto de esta compilación oficia como un compendio de discusiones teóricas y políticas acerca de los problemas de la construcción socialista y las particularidades que esta asumió en las condiciones de Rusia. Se exhibe allí a fondo la divisoria de aguas entre la línea encarnada por el autor de La revolución traicionada y las de Stalin.

El primero con su propósito de avanzar todo lo posible en el derrotero socialista de la Unión Soviética, desde el entendimiento de que ese sendero no podía llevarse a conclusión dentro de sus fronteras. El otro, con la pretensión de que incluso ya se había llegado al socialismo, cuando en muchos aspectos se avanzaba en dirección contraria:

Se desposeía al proletariado tanto en lo respectivo a sus salarios y condiciones de trabajo como en términos de poder efectivo para dirigir a la sociedad erigida en vistas a su emancipación social.

La experiencia de la Unión Soviética en el período de entreguerras puede y debe ser fuente de reflexión hasta el día de hoy. En particular en la línea de la no equiparación de socialismo y propiedad estatal de los medios de producción.

Son indispensables preguntas básicas como ¿Quiénes se beneficia de los avances del proceso? ¿Quiénes toman las decisiones? Si la respuesta no es la clase obrera y otros sectores del pueblo trabajador sin duda no nos encontramos frente a un sistema que avanza en dirección al socialismo.


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Daniel Campione